
Novedad
ISBN 978-84-941489-1-0
224 Páginas
PVP 14.95 €
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INFORMACIÓN
DEL LIBRO:
Relatos sobre mujeres, escritos por mujeres; la visión de una
nueva generación de autoras que entran con fuerza en el panorama
literario, unido a la visión de escritoras clásicas. En
Mujeres en la historia, M.A.R. Editor reúne las
experiencias de protagonistas de la historia, algunas famosas, otras
desconocidas, que vivieron el cambio político, económico
y social producido desde la Revolución Francesa hasta el comienzo
de la segunda Guerra Mundial.
¿Qué une a autoras como Josefina Aldecoa, Edith Wharton,
Marie d'Agoult o Zinaída Hippius con las escritoras actuales
de España e Hispanoamérica? El interés por las
vivencias de mujeres que dejaron huella en su tiempo. ¿Cómo
era la vida de la mujer del S.XIX? ¿Cómo fueron sus primeros
pasos en el S.XX? Este interesante grupo de escritoras nos lo describe
a través de la visión de mujeres que marcaron su época.
Nos encontramos con el espíritu de Manuela Malasaña,
George Sand, Anita Garibaldi, Berthe Morisot, Mary Cassatt, Camille
Claudel, María Blanchard, Frida Kahlo, Olga Koklova, Madame Tailleferre,
Marie Curie, Beatrice Shilling, Mary Shelley, Virginia Woolf, Lou Andreas-Salomé,
Alfonsina Storni, Clara Campoamor, Lucía Sánchez Saornil,
María Walewska, Sofia Tolstaya o Anna Dostoevskaya,
pero también con el de mujeres que no llegaron a las páginas
de los libros que analizan aquellos años. Es esta una mirada
retrospectiva hacia el desarrollo personal y social de la mujer, llena
de esperanza y de luz que ilumina nuestro camino actual. Mujeres escribiendo
sobre mujeres, un universo en femenino.
En Mujeres en la historia nos encontramos con grandes
escritoras ya clásicas, como Josefina Aldecoa, Edith Wharton
-la primera mujer que ganó el premio Pulitzer-, Marie d'Agoult
y Zinaída Hippius y con un destacado grupo de autoras
actuales que tienen una muy interesante visión sobre la aportación
de diversas mujeres a lo largo de la historia: María Zaragoza,
Juana Escabias, Teresa Galeote, Rosario Martínez, Paloma Hidalgo,
Teresa Iturriaga Osa, Sara García Perate, Elena Marqués,
Rosi Serrano Romero, Leticia Castro, Esther Zorrozua Eguren, Pilar Mata
Solano, Belén Rodríguez Quintero, Eva Gordillo Jerez,
Emy Luna, María Luisa de León, Manuela Asenjo Ferrer,
Sol Antolín Herrero, Melanie Taylor Herrera, La Vizcondesa de
Saint-Luc, Montserrat Suáñez y Silvia Cuevas Morales.
La editora literaria de este volumen es la escritora e historiadora
Lucía del Mar Pérez Pérez. La idea que mueve a
M.A.R. Editor ya ha quedado fijada en otras ocasiones: unir a los clásicos
de ayer con los que algún día serán nuevos clásicos.
Y en esta ocasión lo hace en homenaje a mujeres que deberíamos
tener en nuestra memoria, algunas famosas, otras, mujeres anónimas.

• Me interesan mucho las mujeres desde
el punto de vista literario. No creo que hayan faltado en la literatura,
porque desde el siglo XIX se ha hecho mucha introspección en
lo femenino. Pero sí que ha habido más incorporación
de la mujer a la literatura en el siglo XX.
• Mis valores y mi vocación vienen de mi formación
personal, porque mi madre y mi abuela las dos eran maestras que participaban
de la ideología del Instituto Libre de Enseñanza, una
institución que nación a finales del siglo XIX con idea
de renovar la educación en España, y luego mi madre fue
maestra en la República, que fue un momento en que se dio un
gran impulso a la educación con un matiz mucho más europeísta
y se pretendía adelantar mucho la educación en el país,
pero la etapa fue muy breve y no se logró.
• En todo lugar en el que se convive se crea un fondo común,
todos tienen sus propias historias y van surgiendo. En la vida siempre
hay dramas escondidos y poco a poco aparecen. En mi novela, las mujeres
van contando sus problemas. Quizá la mujer tiene más facilidad
para mostrar su interior, porque el hombre tiene las mismas crisis,
pero es más reacio a contarlas.
• La principal diferencia es que ahora la madre trabaja, y antes
no. El problema se da, por tanto, a la hora de conciliar el trabajo
y el cuidado de los hijos. Este problema es a veces un verdadero tormento
para la mujer, y como eso debe ser así por encima de todo, ya
que una de las conquistas de la mujer en el siglo XX es el trabajo,
pues la sociedad y las instituciones tendrían que colaborar,
ayudando a la mujer a seguir adelante. En mi época, efectivamente,
yo fui pionera, porque escribía y, además, monté
un colegio. Pero en la actualidad, que la mujer está plenamente
integrada en el mercado laboral, habría que exigir medidas, como
la flexibilidad de horarios para la madre, sobre todo, hasta que sus
hijos tengan una edad determinada. Esto ocurre ya en otros países
europeos, por lo que España debería adaptarse y no quedarse
en segundo lugar. Yo, cuando monté el colegio, tampoco sabía
qué hacer con mi hija, que tenía cuatro años. Por
eso, inicialmente, este centro surgió como jardín de infancia
para acoger a los hijos de mi grupo de amigos, que estaban en mi situación.
• No hay que confundir literatura masculina y literatura femenina
como opuestas o muy diferentes. Yo sólo distingo entre literatura
buena y mala.
• Antes de que muriera Franco, ya había empezado a cambiar
la sociedad, ya que los cambios sociales van siempre por delante de
los políticos. En los años sesenta, la gente cambió
en muchos aspectos en España, y ya se respiraba el ansia de libertad,
que se reflejaba en la literatura. Pero hasta los años setenta,
los cambios no son oficiales, y uno de los principales problemas es
el uso de la libertad en todos los sentidos
En los albores del siglo XX, el cambio político,
económico y social,
gestado en el siglo XIX, transformaría las vidas de millones
de
hombres y mujeres alterando para siempre su cotidianidad.
Una mutación especialmente palpable en las ciudades, donde
las antorchas fueron cambiadas por farolas de gas y, a finales de
siglo, por farolas eléctricas. Las urbes crecieron, sectorizando
sus barrios según las diferentes clases sociales en un mundo
ya
capitalista. La burguesía, cada vez más poderosa, habitaba
en
las nuevas zonas residenciales de los ensanches mientras la clase
obrera vivía hacinada en condiciones de insalubridad. Hasta
mediados de siglo no comenzaría la traída de aguas. Surgieron
los
centros de ocio: las clases medias se reunían en los cafés,
donde
germinaban numerosas conspiraciones políticas. Entretanto, las
clases populares compartían sus miserias en las tabernas o en
e
gallinero de los teatros.
El siglo XIX ha sido definido como el Siglo de la Historia, que
se inaugura como ciencia social cuyo objeto de estudio es el pasado
de la Humanidad, entendida como el conjunto formado por todos
los seres humanos. Sin embargo, el protagonista de la historia ha
sido el hombre, quedando la mujer relegada a un segundo plano.
¿Cómo era la vida de la mujer del siglo XIX? ¿Cómo
fueron
sus primeros pasos en el siglo XX? La mujer del siglo XIX ocupaba
un lugar secundario en la sociedad, sometida a los designios del
hombre. La Iglesia defendía el papel de la mujer como el de esposa
obediente y ama de casa al cuidado y servicio de su familia. Ni
siquiera las leyes eran iguales para los hombres que para las mujeres,
a las que por el mismo delito se las juzgaba más duramente. El
índice de analfabetismo entre las mujeres, especialmente entre
las
clases medias y bajas, era altísimo. Solo unas cuantas privilegiadas
tuvieron acceso a la cultura en un mundo escrito en masculino.
Pero a lo largo del siglo la situación comenzó a cambiar.
El Sufragismo se extendió por toda Europa desde Inglaterra. La
mujer iba a la universidad, se cortaba el pelo a lo garçon, y
se acortará
también la falda. Pero el camino no fue fácil. Toda actividad
que
no estuviera incluida en el ámbito del hogar era considerada
una
ofensa contra los cánones establecidos.
La senda recorrida por la mujer ha sido muy sinuosa. Esta obra
surge ante la necesidad de la sociedad actual de recordar sus orígenes,
para que las nuevas generaciones valoren, en un ejercicio de memoria
histórica, el papel desarrollado por aquellas precursoras lejanas
en el
tiempo pero cercanas en anhelos, pasiones e inquietudes.
La obra se compone de narraciones que nos sumergen en la
Europa de las Guerras Napoleónicas, siendo testigos de la valentía
de la heroína madrileña Manuela Malasaña, de la
llegada a la España
de José I de una niña que pasaría a la historia
como George Sande
o de los apasionados amores de María Walewska y Napoleón
Bonaparte. El Imperio Napoleónico fue el origen del desarrollo
de
unos sentimientos exacerbados de pertenencia a una nación, del
nacimiento de una identidad cultural e histórica de los pueblos
que
culminaría con la creación de naciones como Italia. Este
espíritu
nacionalista será vivido en primera persona por Anita Garibaldi.
La expansión del liberalismo exigía una sociedad basada
en
la libertad individual y, en consecuencia, la defensa de la libertad
aplicada a todos los ámbitos de la actividad humana.
El mundo del arte se convirtió en un excelente campo
para la improvisación, buscando una ruptura permanente de lo
establecido. Comienza la época de los ismos. Compartiremos el
espíritu de la Sezession en la Viena de Gustav Klimt desde la
atenta
mirada de Emily Flöge, impregnada de art decó. El Impresionismo
se convirtió en uno de los movimientos artísticos finiseculares
más innovadores, a pesar de sus desencuentros con la pintura
academicista. Una tendencia pictórica caracterizada por la máxima
importancia concedida al efecto que la luz y los colores producen
en la retina. Una impresión captada en un instante fugaz, un
dibujo
borroso, al igual que el papel de la mujer en el mundo del arte.
Figuras como Berthe Morisot, Mary Cassatt o Camille Claudel
pasaron desapercibidas en un mundo de hombres, en una sociedad
occidental patriarcal y donde el género femenino rara vez ha
sido
considerado como creador.
La incomprensión y el rechazo hacia la mujer artista
también alcanzaron a la pintura Naif de Seraphine Louis, o la
de
la española María Blanchard. Pocas artistas contaron con
cierto
reconocimiento. A pesar de ello, existió una mujer desafortunada
y
valiente que supo dar un giro a su trayectoria vital envolviendo sus
miserias en un manto de colorida genialidad: Frida Kahlo, quien
fue admirada por ciertos sectores, como el Surrealismo.
Otras mujeres, como la bailarina rusa Olga Koklova,
aparecieron a la sombra de grandes artistas. Su determinación
conquistó a un Picasso ya rico y famoso. El arte de Olga quedó
empañado por los éxitos del pintor malagueño.
Algunas mujeres brillaron con luz propia, en un ámbito
predominantemente masculino: Madame Tailleferre, compositora,
fue la única mujer del célebre Groupe des Six que triunfó
en la
Francia del periodo de entreguerras.
Un muro infranqueable para ellas fue la ciencia. Madame
Curie lo consiguió y también Beatrice Shilling, quien
con su
curiosidad y pericia manual se convertiría en heroína
de la RAF
británica durante la Segunda Guerra Mundial.
Sin embargo, es en la literatura donde encontramos un
mayor número de mujeres que pasarían a la posteridad con
éxito dispar. La lista incluye a Mary Shelley y su Frankenstein,
la
innovadora Virginia Woolf, la escandalosa Lou Andreas-Salomé
o la poetisa Alfonsina Storni.
También hallamos personalidades como Marie d’Agoult,
historiadora de la Revolución liberal de 1848, que publicó
como
Daniel Stern. Ella plasmó magistralmente las peculiaridades de
las
mujeres aristócratas y burguesas en la Francia del siglo XIX.
No
podemos olvidar a la Musa del cambio de siglo, la poetisa simbolista
rusa Zinaída Guippius, considerada como la encarnación
de la
androginia utópica de Vladímir Soloviov.
Sin duda existió una escritora cuyo talento fue reconocido
por sus contemporáneos: Edith Warthon, cuya inteligente ironía
obtendría el Premio Pulitzer en 1921.
Todas somos herederas de la lucha por la igualdad que
llevaron a cabo Clara Campoamor o Lucía Sánchez Saornil.
Mujeres que presenciaron la agitación política propia
de los
comienzos del siglo XX, como Josefina Aldecoa, testigo en León
de la revolución minera de 1934. Somos deudoras de su valentía,
de su entrega en el combate por la conquista de las libertades, de
su osadía de querer decidir sin paternalismos opresivos.
No obstante, también debemos recordar a las mujeres
anónimas, nuestras antepasadas, que sobrevivieron en un mundo
hostil, en condiciones durísimas. Es el caso de Tomasa de San
Quintín, la aguadora de voz rota.
Mujeres en la Historia es una mirada retrospectiva hacia
el desarrollo personal y social de la mujer. Una mirada de esperanza
y de luz que ilumine nuestro camino actual, despejando las brumas de
la desigualdad.
Mujeres escribiendo sobre mujeres, un universo en
femenino, pero que deja las puertas abiertas a quien se quiera
asomar.


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